Maldita sea. Caminamos cinco kilómetros con los celulares metidos en los calcetines por un caminito de tierra sin la proteccion de dios, para llegar a esta puta fiesta llena de ñoños donde no hay ni una sola mísera gota de alcohol.
Me meto a la cocina, reviso el refrigerador desesperado. Salgo de la cocina con poco menos de la mitad de una botella de pisco y un paquete de galletas con chispas de chocolate. Me aburro. César y Cristóbal, mis amigos metaleros, están hablando en plan tierno/follar con unas chicas (hay chicas??) y me aburro.
Entro a la sala mal iluminada y hay un grupo de niñitas jugando a hacerse las lesbianas, muertas de risa, con un reggeaton con los bajos muy altos detrás. Me terminé el pisco y estoy aburrido. Ni siquiera estoy ebrio, si lo estuviera, por lo menos esto no sería tan malo. Que llegue alguien, con algo. Un supositorio de opio, una cerveza, un bate de beisbol, un grupo de skinheads, cualquier cosa, por dios, pero por favor QUE PASE ALGO, COÑO!!
Me dirigo a la mesa redonda que está en el patio. Juego a estar ebrio. Me lanzo sobre las papas fritas con todo mi pesado cuerpo y la mesa rebota, y los refrescos vuelan por los aires y mojan a la gente.
Me insultan. Bájate de la mesa. Bla, bla, bla. Me levanto un poco y me introduzco un par de dedos en el paladar, y lanzo todo mi colorido almuerzo sobre las papas fritas que hay en el centro de mesa. Coman ahora, putas.
Agarro una colilla que veo en el cenicero y la prendo, sentado en la mesa, sentado en mi vomito, relajado pero apestando a ácidos gástricos. Me miran. Los miro. Me hablan, me preguntan que coño me pasa, que aprenda a beber responsablemente, y toda esa mierda. Me levanto y me voy.
A la mañana siguiente fumamos pitos y vimos Rocky V con César. Coño, ese Tommy Gunn es un cabrón.